¡Qué grande es nuestra Iglesia!, esta son las primeras palabras que se escaparon de mi boca al encontrarme en las calles de Madrid con miles y miles de jóvenes, de todos los colores, olores, vestimentas y lenguas, que siguen a Cristo. Muchas veces era imposible comunicarte por medio de las palabras, pero de Corazón siempre te entendías, Jesús nos unía, más allá de todas las diferencias.
Viendo tantos cristianos pensabas en los que están detrás de ellos, y a cada uno que veía le tenía que sumar mínimo un católico más que se había quedado en su país. Empezando por sus padres, que en la mayoría de los casos son quienes educan edificando los valores en Cristo. ¡Qué lindo que el mundo no esté tan perdido como parecía!, todavía quedan millones de personas que viven con profundidad, millones de personas, que viven.

Benedicto XVI dejo en claro lo que deseaba comunicarnos en esta jornada por medio del lema. “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”, el Santo Padre nos invitó a “tomar una decisión personal en relación a Él” logrando una unión más fuerte e intima con Él, manteniéndonos firmes en la fe no hay tormenta, no hay frio, no hay viento, no hay problema que pueda quitarnos la alegría de tener un corazón lleno de amor de Dios.
En el Aeródromo de Cuatro Vientos, cuando el sol nos aplastaba a las dos millones de personas se podía ver en el aire, además de la pregunta: ¿Dónde están los cuatro vientos?, una palabra ajena al animal del hombre y de su supervivencia personal. Miraras a donde miraras veías, Solidaridad. Todos se preocupaban por el otro, le hacían sombra, lo mojaban, lo abanicaban, sin importar si era coreano, chileno o italiano. Y lo que es más lindo todavía, era la actitud, la manera con que se hacían las cosas. Cada acción estaba marcada con un sello característico de un verdadero cristiano, una sonrisa. Dándose a conocer, en esta simpleza y no en las inmensas catedrales y hermosas esculturas, lo más valiosos que tenemos, la alegría de Dios.
El Papa dejo en claro que “no se puede vivir la fe en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”.
Tras estas palabras claras que dijo también se podía ver en el medio de la multitud que las alegrías compartidas son cada vez más grandes y los dolores en comunidad son mucho más livianos. Cuando gritábamos todos juntos a Benedicto la euforia era mucho mayor y cuando nos juntábamos para cubrirnos del frio, se nos hacía más acogedor dormir.
También expresó: “Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros”. Esto lo vi claro cuando en medio de la tormenta decidí, dejar de saltar un minuto y mirar alrededor. Empapado como estaba, en alpargatas y cortos, buzo, ni había llevado por el calor que hacía, me encontré con un joven como yo (que si no me equivoco era de Italia) que miraba al cielo rezaba con tanta fe que me impacto. Yo me paré en él, y levante los ojos. Su fe afianzó mi fe. Necesitamos del otro para crecer, necesitamos del otro para ver a Cristo. Y gracias a Dios, el otro está.
Tuve la gracia de poder compartí este gran viaje con dos de mis hermanos, y compartiendo lo vivido, mi hermana de 18 años decía: “qué lindo y que loco que es pensar que todo esto empezó con 12 personas”, y no eran filósofos o hombres cultos, eran simples trabajadores pero llenos de Dios, arraigados en Cristo, edificados sobre piedra, no tenían a quien temer, no tenemos a quien temer.
“Que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra.” “Igual que esta noche, con Cristo podréis siempre afrontar las pruebas de la vida. No lo olvidéis.”
Una vez que logramos arraigarnos a Cristo, tomarlo como un amigo, así como el Papa expreso que Él nos quiere, no debemos tener miedo. Cuando la lluvia nos azotaba, y el viento tenía cada vez más fuerza, nosotros gritábamos más fuerte, saltábamos con mayor altura y nos juntábamos en grupos cada vez más grandes. Nadie tenía miedo a los rayos, nadie se preocupaba por las cosas mojadas, ni en como dormiríamos. Todos confiaban en Dios, todos estábamos firmes en nuestra fe, no había miedo alguno. Benedicto XVI quiere que pasemos esto a nuestras vidas, que en los momentos más difíciles nos juntemos y gritemos nuestros valores con más fuerza que el resto. Que busquemos saltar más alto, intentando alejarnos de la superficialidad de la tierra, y vivir el cielo.
El Santo Padre, nos invita tras lo vivido, a “convertirse en sus fieles seguidores y valerosos testigos”. Ser evangelios, dar a conocer la palabra de Dios a través de nuestras acciones. Demostrar lo lindo que es ser cristianos, ser parte de una iglesia que no limita o castiga, sino que guía y ayuda. Dar a conocer la mejor vida, la que supera y transforma los dolores en alegría, la que se vive compartiendo, la que se vive feliz. Pero no ir muy lejos para dar a conocer la vida profunda de Dios, sino mostrarlo en el trabajo, en los estudios, en la calle y en nuestras casas. Ser un evangelio, donde las otras personas puedan leer la vida de Dios.
Fue una experiencia que anima, y da fuerzas a no bajar los brazos. Pero no solo a los jóvenes sino a todos los cristianos. Hay esperanza de cambio, la fe se mantiene viva, unidos y no como individuos, siendo la cantidad que somos, no hay a que tener miedo. Ya sabemos que “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”, no hay quien nos pare. |